El año pasado con la llegada de Ana Lucía mi estudio en el que tenía mis computadoras, mi taller, mis fuguras de acción y, claro, mis libros, tuvo que salir para convertirse en el cuarto de la niña, y gran parte sigue en cajas regadas por toda la casa. No me quejo por perder mi estudio (en realidad lo que necesito es otro cuarto o una casa más grande), pero el hecho si evidenció algo: tengo demasiados libros.
Lo que siguió fue una depuración de la bibioteca, y encontré varios libros -especialmente técnicos- que tenía poco sentido seguir conservando por ser libros temporales, desactualizados o simplemente anacrónicos. Lo mismo pasó con montones de revistas y recortes de periódicos. Y aún me hace falta espacio.
Esto no significa que los libros impresos desaparecerán como muchos pronostican: yo he decidido dejar en mi Kindle libros técnicos y para trabajo y mantener en mi biblioteca los libros de arte, ilustración y mis novelas, porque cada una se disfruta de manera diferente.
A partir de este año podremos ver un boom para dispositivos electrónicos de lectura más o menos igual que el boom que tuvieron las PDAs hace 10 años, con una oferta cada más grande y cada dispositivo con nuevas y sorprendentes características, lo cual es muy bueno para promover e incentivar la lectura (y la cultura en general) y también que es más amigable al ambiente.
Conforme pase el tiempo veremos más contenido para estos dispositivos más allá de sólo libros, sino también revistas, periódicos, comics y cualquier otra forma de literatura, incluyendo -espero- hasta los menués de los restaurantes o los boletines de la colonia. De la misma forma los autores se darán cuenta que ya no están limitados a texto e imágenes estáticos y que podrán incluir como ya se hace en el hipertexto links, animación, audio, video e interactividad, lo que los llevará a repensar la forma en que se escriben y se leen los libros y toda la literatura en general.